La vuelta a la habitación

Antes de la vuelta a la habitación con vistas al mar, vinieron a quitarme la sonda y la vía arterial, pero… “¿esto que tengo aquí en el cuello no me lo van a quitar?” Era la vía central. Al tocarla, me recuerda al embrollo de las luces del árbol de navidad. “No, te vamos a dejar pasando hierro y ahora te viene a buscar el celador para llevarte a la habitación”. Al fin, al fin, al fin, no lo podía creer, ¡podría ir a ver a los niños!.

Con tanta medicación, anestesia y tiempo de ingreso, creo que perdí la noción del tiempo, y a mí, aquella espera se me hizo tan larga como mi estancia completa en la URPA. La verdad que tardaron, pero al fin escuché mi nombre “vengo a buscar a Davinia de Ara”, le preguntó el celador a una de las enfermeras “yo, yo, ¡aquí estoy!, vámonos ya” exclamé.

Mi hogar de las últimas semanas

Volví a mi hogar hospitalario, allí estaban mis cosas y mi marido, pero no, allí no estaban mis niños. Enseguida me vino a recibirme el personal de planta, a revisar las vías, el hierro que iba pasando, tensión, temperatura, lo normal, vamos, y coger el historial -tamaño libro gordo de petete-.

No tardé en preguntar si podía levantarme e ir a la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales (UCIN) a ver a mis pequeños, pero la respuesta fue negativa: “Tienes que esperar a que pase el hierro y la medicación”, me contestó el enfermero mientras colgaba otra botella de suero. “Cuando se acabe nos avisas para quitar las botellas y que venga la auxiliar a ayudarte a levantarte: ¿quieres que te incorpore un poco?” -me dijo con el mando de la cama en la mano-; por supuesto, contesté que sí.

Mi cabeza latía

Socorro, mi cabeza latía, parecía tener vida propia. Pensé que solo era por haber estado días en la misma posición, y qué pasaría como los mareos que sentí cuando el enfermero me incorporó la cama, pero no, dolía, dolía mucho. Volví a dejar la cama casi en posición horizontal.

Miraba cada gota que caía del gotero, era infinito, ya quedaba poco y tenía ganas de hacer pis, importante cuando te quitan una sonda vesical. Vino la auxiliar y me puso el chato, otra cosa más para borrar del recuerdo, y volvía en un rato para levantarme.

Al final terminó el suero, me faltó tiempo para tocar el timbre y casi fundirlo. Estaba tan ansiosa por levantarme, incrédula de mí.

El mismo infierno

Cuando al final me ayudan, primero a sentarme, creí estar en el mismo infierno. Ese dolor, es como si te operaran sin anestesia. Entre el dolor de la cicatriz de la cesárea, los órganos colocándose al ponerte en posición vertical y la cabeza, Dios mío, la cabeza me iba a reventar. Un dolor muy insoportable, presión, mucha presión y latidos por todas partes. Tuve que tirarme en la cama de nuevo porque no aguantaba el dolor, estando en horizontal era la única manera de que el dolor se fuera.

La auxiliar me dijo “mi niña, qué quejica, en los años que llevo aquí y mira que ya me queda poco para jubilarme, he visto pocas mimosas como tú”. Casi me la como, pero no tenía fuerzas. Le dije a mi marido que me ayudara, así que lo intentamos otra vez, conseguí sentarme, pero el dolor era penetrante, y su intensidad era considerable, si me preguntan qué me dolió más: las contracciones o el dolor en la cabeza. Claramente, la cabeza.

Silla de ruedas

A duras penas pude lograr sentarme en la silla de ruedas con la ayuda de la Sra. Rottenmeier y mi marido. No exagero cuando les digo que la cabeza me explotaba. Les pongo en situación: en la silla de ruedas, blanca como una carta por la pérdida de sangre, vía central en la yugular donde colgaban mas de 6/7 llaves, otra vía en la mano, pelos de no peinarme en días, camisón precioso del hospital y mis manos que presionaban mis sienes para así poder emprender el camino hasta la UCIN. En realidad no me hacía nada la presión de las manos, pero sentirlas ahí me hacía sentir mejor y también apretar la mandíbula.

Camino a la UCIN

Yo no sabía dónde se encontraba la UCIN pero para llegar a ella, era un paseo por las instalaciones. Para las mamis que están ingresadas, hay que salir de la planta de hospitalización por delante de donde se encuentran los quirófanos -la gente que se encontraba allí esperando por las intervenciones de sus familiares me miraban con cara de lástima y me seguían con la mirada mientras mi marido empujaba la silla-, antes de llegar a la puerta del paritorio, hay una entrada a la derecha por donde se accede a la zona de Cuidados Intermedios y UCI Neonatal. Mi marido paró ante una puerta donde había un portero, el cual tocó, y se escuchó al momentito “UCI”, respondió mi marido, “nido 5 y 6” y se abrió la puerta. Los nervios, el frío de los pasillos y el mal estar que sentía, me hacían temblar.

Cuando abrió la puerta vi un pasillo larguísimo, me dijo: “Hay que pasar este pasillo, luego girar a la derecha, y en nada está a la izquierda la entrada de la UCIN». Parecía un pasillo de película de esos infinitos, que vas por ellos y cada vez parecen más lagos. Nunca terminaba.

Ya llegamos

Llegamos a otra puerta que tenía una hoja abierta, pasamos y paramos. Era un pequeña recibidor entre dos puertas: la de donde veníamos, y la otra, que llegaba a otro pasillo donde ya se encontraban los box y donde estaban mis bebés.  Había un lavabo donde hay que lavarse las manos obligatoriamente para entrar en la unidad, papel, desinfectante, batas desechables y mascarillas.

De repente un miedo paralizante se apoderó de mí y comencé a llorar. “Vámonos, vámonos, no quiero entrar, ¿qué ruidos son esos?, ¿y esos pitos?, me quiero ir, no quiero estar aquí, esto no puede estar pasando, seguro que esto no es real”. Mi marido me intentaba tranquilizar: “Los vas a ver dormidos, tienen muchos cables y tubos, la incubadora esta empañada por la humedad y el calor que les ponen, los ojitos están tapados con unas gafitas porque tiene puesta luz violeta porque están un poco amarillitos, que es completamente normal, y a los ruidos de las maquinas no le hagas caso. Todo está bien».

Me lavé las manos y entre llantos, temblores, frío, miedo, incertidumbre, me dije: “Venga vamos”.

#lavidadeunprematuro